Sunday, July 15, 2007

Bush y Benedicto XVI

Sábado 14 de julio de 2007


Los puntos de contacto entre George W. Bush y Benedicto XVI

Aunque provienen de mundos distintos, el Presidente del país más poderoso del planeta y el líder espiritual más importante tienen una fuerte comunión en materia valórica y en el rechazo a los vicios de la modernidad laica.





HENRI TINCQ / LE MONDE

Comparar no es razonar. Nada parece sonar a priori más falso que la pareja formada por George W. Bush y Benedicto XVI, el jefe de la primera potencia política del mundo y el de la primera fuerza espiritual.

Por un lado, un protestante metodista, salido de una familia patricia de Estados Unidos que, antes de conquistar Washington, hizo carrera en el sur fundamentalista texano, cristiano “renacido” (es decir, convertido), consumidor de alcohol arrepentido, ícono de una derecha religiosa en expansión en Estados Unidos desde hace treinta años, teñida de populismo, convencida de que sólo el regreso a Dios transformará a la sociedad estadounidense, carcomida por el secularismo y la permisividad.

Por el otro lado, el hijo de una familia rural bávara, modesto, tímido, alto funcionario de una Iglesia Católica a la que ha servido desde el primer día, teólogo y universitario más que hombre de mundo, filósofo surgido (como lo fue también Juan Pablo II, de quien fue el más cercano consejero durante un cuarto de siglo) de esa Europa que ha dado origen a un patrimonio cultural excepcional (ideas, arte, música), pero también a experiencias totalitarias de los más monstruosas del siglo XX, que tanto Josef Ratzinger como Karol Wojtila conocieron de cerca.

Para George W. Bush, hombre de palabra fuerte que encarna un sueño neomesiánico, la regeneración moral de su país tendría valor de ejemplo para el mundo entero. Basada en el desempeño económico y militar de Estados Unidos, esa arrogancia contrasta con la aparente humildad del obispo de Roma, que fue allegado del Papa anterior, su mano de hierro cuando se trataba de meter al aro a los disidentes de la Iglesia Católica, hacer respetar su disciplina, descartar las ideas desviadas, ponerse en guardia ante una modernidad que confunde tolerancia religiosa con relativismo, libertad con licencia.

Todo parece oponer, pues, por un lado a un George W. Bush cuya reelección se apoyó en el poder de esa corriente evangélica heredera de los puritanos del siglo XVII y del “despertar” protestante, cóctel de conservadurismo social y moral, de patriotismo y fervor religioso, y por el otro lado, a Benedicto XVI, ese papa alemán, sin divisiones, cuyas intenciones aún no se conocen bien, que busca un estilo diferente al de Juan Pablo II, pero también diferente al que tuvo como cardenal Ratzinger, cuando estuvo en la Curia. Un hombre que busca en los evangelios, la tradición de la iglesia y la palabra de Dios el camino a la curación de los corazones y del hombre.

SUSTRATO ELECTORAL

No obstante, observando las cosas más de cerca, la reelección de Bush en 2004 y el ascenso al trono de San Pedro de Benedicto XVI sí tienen puntos en común. Si existiera alguna duda en cuanto a la independencia de las decisiones de los cardenales en el cónclave del 18 al 19 de abril de 2005, hay que recordar que la posibilidad de que el cardenal Ratzinger sucediera al Papa Juan Pablo II, ya enfermo, vino por primera vez del continente americano, a fines del año anterior.

Eso se hizo no a costa de un “acuerdo” como el que, según historiadores y periodistas se estableció entre Ronald Reagan y Juan Pablo II (apoyo de Estados Unidos a la Iglesia Católica y al sindicato Solidaridad en Polonia, a cambio de que el Vaticano metiera en cintura a los teólogos de la liberación y a los sacerdotes revolucionarios de América Latina), sino a raíz de un mismo análisis pesimista de la decadencia de los valores morales en Occidente y de las derivas de la modernidad laica, contra las cuales no podría tolerarse ningún compromiso.

El senador demócrata y católico John F. Kerry fue derrotado por George W. Bush en su propio electorado católico. Sus posiciones fueron consideradas demasiado liberales en materia de costumbres (aborto, matrimonio homosexual). Y fue Bush, el protestante intransigente, el que resultó el mejor defensor del Vaticano, militando contra el aborto, la eutanasia, la investigación de células madre de embriones, hostil a cualquier forma de matrimonio homosexual y haciendo suya, en un debate televisado, la noción tan entrañable para Juan Pablo II de “cultura de la vida”.

Cardenales y obispos ultraconservadores -de entre los cuales Benedicto XVI designó al estadounidense William Levada, hasta entonces arzobispo de San Francisco, como nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe- habían afirmado que votar por Kerry era un “pecado”. La alianza sobre los valores morales entre los católicos conservadores y los protestantes fundamentalistas fue una de las claves de la reelección de George W. Bush.

No hubo presiones estadounidenses en el último cónclave romano. Pero ciertamente ese rechazo a toda estrategia de compromiso con la modernidad laica fue una de las causas de la victoria anunciada del cardenal Ratzinger. Nada de compromiso doctrinal: el diálogo con las otras religiones ciertamente tiene sus virtudes, pero Jesucristo es el único salvador, el único mediador entre Dios y los hombres, es decir, la base de la argumentación del cardenal Ratzinger, de la que es dudoso pensar que pudiera evolucionar en el futuro.

Tampoco hay compromisos en el plano moral. “Las iglesias o denominaciones religiosas cuya enseñanza está abierta a todo no tardan en decaer y desaparecer. Por el contrario, aquellas cuya doctrina teológica y moral es firme y clara prosperan, aunque sufran las asperezas de la modernidad”. Esas palabras no son de Benedicto XVI, aunque éste no las rechazaría. Son de George Weigel, el principal biógrafo estadounidense de Juan Pablo II, el intelectual católico más escuchado en Estados Unidos.

¿Habría que asombrarse por la consternación que provocó la elección del cardenal Ratzinger en los medios clericales y laicos, para los cuales el “progreso” y la “reforma” no necesariamente son sinónimos del desvanecimiento del mensaje evangélico o de capitulación ante la modernidad?

O, por el contrario, ¿tendríamos que asombrarnos por los gritos de victoria que se escucharon en las corrientes neoconservadoras de la iglesia (Opus Dei, Comunión y Liberación, Focolaris, neo-catucúmenos, nuevas comunidades, etcétera), que basan su proyecto de “nueva evangelización” del mundo en la restauración de una identidad católica clara y fuerte, en el rechazo de toda conciliación con la filosofía de las Luces, de la exégesis crítica de los textos sagrados y de las ciencias humanas más molestas para la fe cristiana?

Escuchemos a George Weigel hasta el final. Para él, el “proyecto progresista” murió en la Iglesia Católica con la elección de Benedicto XVI, “no tanto porque fuera pernicioso, sino porque planteaba una pregunta que ya no le interesa a nadie: ¿Qué es lo mínimo en lo que tengo que creer? ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para seguir siendo católico?”

Es decir, una concepción “integralista” de la religión (si no es que “integrista”, ese término prostituido), que no reprobaría ninguno de los protestantes evangélicos que tienen el viento en popa en Estados Unidos.

1 Comments:

Blogger Arturo said...

Claro, ahora el 16 de abril disque se van a reunir, en USA hay mas de 100.000 niños violados por curas catolicos y ratzinger ha encubierto muchas de esas violaciones, pero nooo, bush y ratzinger se van a reunir, y a bush que le importa, todos miran para otro lado siendo que ese problema tambien sucede en el pais donde bush es presidente, hasta cuando va a haber impunidad, ratzinger deberia ir a USA pero a ser enjuiciado no a reunirse cno bush y disque hablar en la ONU.

11:47 AM  

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